Pescadores, el Pacífico, la cultura afroecuatoriana y una virgen que genera pasiones.

En toda mi vida en general, pero siempre que viajo en particular, tengo la sensación mística de que mis antepasados me mandan ángeles para que me protejan de que algo malo me pase. Es entonces cuando todo se acomoda para que esté la persona justa en el momento justo, y para que gracias a esa persona la vida siga su curso por donde tiene que seguir.
Estaba en la ciudad de Quito, Ecuador, visitando a mi amiga Grecia.
Después de unos días compartiendo con ella charlas; algunos ensayos, (es música y forma parte de varia bandas) y bastantes fiestas…decidí ir a conocer Esmeraldas, uno de los departamentos donde predomina la cultura afroecuatoriana.
Esmeraldas queda en la costa pacífica, limitando al norte con Colombia. Esa tarde fui hacia la terminal de Quito, sin saber exactamente hacia qué pueblo tomar el bus, así que tras escuchar recomendaciones decidí ir a Rioverde, aunque primero debería ir hacia la ciudad de Esmeraldas, y tomar otro bus a la mañana siguiente.
El viaje duró toda la tarde. Llegué esa noche a la terminal de Esmeraldas y me alojé en un hospedaje para camioneros que quedaba al frente. A la mañana siguiente, me levanté y crucé la calle para desayunar unos huevitos de codorniz con sal que vendía un puesto callejero, y para comprar el pasaje hacia Rioverde.
Luego de comer mis huevitos, estaba esperando para cruzar nuevamente la calle, cuando se acercó un chico, y me empezó a mirar. Yo, acostumbrada a la vida en la ciudad, cuando alguien se me acerca mirándome mucho (sobre todo si es varón y joven) lo que hago inconscientemente es agarrar mi cartera, mochila o riñonera con fuerza, eso hice, tomé mi riñonera haciéndome la distraída sin mirar al desconocido. El se percató de mi gesto y me dijo “Tranquila mami, soy negro pero no ladrón. La estoy mirando porque usted es muy linda”.
Me dio tanta vergüenza de mi misma, mis instintos, y prejuicios, tan impregnados en nuestra cultura, de los que cuesta tanto deshacerse. Me reí nerviosa y aliviada, aunque todavía profundamente avergonzada.
Poco tiempo después me tome el bus, en mi recorrido pude ver varias obras de infraestructura que me parecieron claros ejemplos del desarrollo del Ecuador que encabezaba el gobierno de Revolución Ciudadana

Las rutas y los puentes eran excelentes, pero lo que más me llamó la atención fueron los hospitales de alta complejidad en medio de la selva y en pequeños pueblos perdidos. Lo comparaba con la costa pacífica de Colombia, donde existen pueblos enteros sin hospitales, médicos ni farmacias, como en los abandonados pueblos que conocí del Chocó. Por supuesto que la atención en estos hospitales ecuatorianos es totalmente gratuita, a diferencia de los hospitales públicos colombianos donde hasta para una emergencia hay que pagar cifras altísimas.
El bus se pasó de pueblo y me percaté de eso al llegar al siguiente: Rocafuerte. Así que me baje ahí.
Rocafuerte es un típico pueblito costeño: casas de madera, una larga calle principal paralela al mar, botes de pescadores en la playa, olor fuerte a pescado.
Empecé a caminar por la polvorienta calle principal cargando mi mochila. Recuerdo que la gente me miraba mucho. Parece que no es común que lleguen viajerxs al pueblo.
Entré a almorzar a la galería de un comedor que daba a la calle, y tras comer un delicioso almuerzo de pescado y arroz, les consulté si podía dejarles encargada mi mochila para salir a caminar liviana a buscar alojamiento. Me contestaron que si y me recomendaron hacia dónde dirigirme a buscar.

Al final de la calle había una plaza pequeña, con palmeras y algunos bancos de madera. Me senté en un banco a la sombra a observar, ya que todo lo que allí se veía era fascinante: la vida de lxs afroecuatorianxs en plena hora pico. Había un grupo de chicos sentados en la galería de una casa, tomando birra acompañados de sus motos, pasaban mamás con niñas y niños, con sus cabellos voluminosos organizados en complejos peinados. Pasaban hombres cargando pescado en carretillas, y sobre todo había mucha juventud y niñez en las calles.
Se me acercó un grupo de jóvenes para conversar, y me contaron que justo ese día se celebraba la Fiesta de la Virgen del Carmen, una fiesta típica muy importante para el pueblo. Era el día dieciséis de Julio, y esa fecha era destacada ya que se trataba del festejo de la virgen de los pescadores. Sentí que estaba llegando el día justo, y agradecí ese incidente que me había dejado en Rocafuerte sin querer.
Uno de los jóvenes me acompañó hasta el alojamiento, elegí una habitación, me acompañó a recoger mi mochila, luego nuevamente hasta el alojamiento. De ahí nos fuimos hasta el muelle, ya que allí se concentraba el festejo.
En el muelle estaba todo el pueblo reunido en esa siesta calurosa y soleada, mirando cómo se alejaba hacia el interior del océano una gran procesión acuática.
La procesión estaba encabezada por una gran balsa decorada con cintas blancas y muchas, muchísimas flores de colores. La balsa portaba una figura de cerámica enorme de la Virgen del Carmen, que sacaban de la capilla todos los años ese mismo día. En la balsa iban muchas personas, cuando llegamos al muelle no podía saber bien cuántas, porque ya era un bulto en el medio del mar. Estas personas estaban todas vestidas de blanco, ropa que contrastaba con sus pieles oscuras. Junto a la balsa iban adentrándose al mar innumerables lanchas llenas de gente y bebidas, que iban navegando a los costados de la virgen. El mar estaba cubierto de una alfombra de pétalos de flores multicolores, flotando entre las lanchas y alrededor de la balsa, llenando más aún de magia aquella imagen de por sí impactante.
Desde la costa pudimos ver cómo desde la balsa se entregaban ofrendas de comida al mar, y luego de un rato de música y bailes, empezaban a regresar nuevamente hacia el muelle, en medio de una algarabía generalizada tanto en el mar como en la costa.
Cuando la embarcación se acercó, pude observar con más detalle a las personas que en ella viajaban.
Me llamaron la atención los instrumentos costeños que cargaban y tocaban, como guitarras, tambores y maracas. Pero hubo algo que mas me llamó la atención, en la balsa había solo dos personas de piel blanca: un religioso, que luego supe que era un obispo, claramente descompuesto, asomando su cabeza por el borde de la balsa, como si fuera o vomitar. Mientras lo miraba me preguntaba qué pensaría de esos bailes sensuales, al mejor estilo costeño, que con gracia y destreza le ofrendaban lxs afroecuatorianxs a la virgen de los pescadores. La otra persona blanca en la balsa era un hombre totalmente canoso, con abundante barba canosa también, vestido de blanco y que resaltaba entre el resto por su altura y su blancura.
La balsa finalmente atracó en el muelle, al igual que todas las lanchas que la seguían, dejando en el mar una fina capa de pétalos de colores.
Luego de esa rica y sincrética ceremonia en el mar, que me recordó a otros rituales de tierras afroamericanas de las costas, el obispo, ya recuperado, celebró una misa. Después de eso, empezaron las muestras de danzas típicas de la costa con música en vivo, todas ellas eran muy parecidas a las tradiciones de la costa colombiana, mostrando que el límite político en este caso no se correspondía con la continuidad cultural de la costa pacífica.
En la costa pacífica colombiana, varios años antes, había aprendido a bailar mapalé, así que cuando, como parte del espectáculo, los bailarines sacaban a bailar mujeres del público, no tuve problema en compartir esa danza, ante la sorprendida mirada de la gente.

Luego de los hermosos espectáculos, empezó el momento del baile. Despejaron el lugar donde se había celebrado la misa y las muestras de danza, sacaron todas las sillas, y la gente comenzó a entrar a la pista en parejas. Yo ya había perdido hacía varias horas al joven con el que había llegado, así que repentinamente me encontré sola, y me puse a un costado a observar.
Las calles estaban atiborradas de puestos de comida callejera costeña, como choclo asado con mayonesa casera y queso rallado pegado, plátano asado con queso, y otras delicias.
Sonriendo se acerco el hombre que había visto en la balsa, ese de cabello canoso, y me invitó a bailar. Mientras bailábamos charlamos sobre quienes éramos, me presentó a su grupo de amigxs: una familia de la zona, los Velázquez-Cortez; una chica de Quito que estaba registrando con su cámara y otras personas. El hombre se llamaba Amílcar, me contó que era antropólogo y que trabajaba en una fundación junto a algunas de las personas que me había presentado. A partir de ese momento ya no estuve sola y me quedé conversando y bailando con el grupo. Entre otras cosas me dijeron que ese pueblo, Rocafuerte, era un pueblo de frontera bastante peligroso e inseguro, que no era bueno que al bajar el sol estuviera sola. Era lugar de tránsito de tráfico de cocaína, había mafias entre los pescadores y situaciones típicas de esos lugares costeños que suelen ser paso de las lanchas cargadas de cocaína desde Colombia.
Al terminar la fiesta del pueblo, el grupo me invitó a continuar la fiesta en una casa, así que allá fuimos, y nos pasamos varias horas bailando y charlando de política. La familia Velázquez-Cortéz en particular apoyaba al gobierno de Revolución Ciudadana.
Al tener que irme a mi casa me ofrecieron que me lleve hasta el hospedaje el chofer de la fundación en una camioneta, y la familia me invitó a pasar unos días en su casa en Rioverde, su pueblo, a pocos kilómetros de allí. El pueblo al que inicialmente pensaba ir.

Al llegar al hostal pensaba en lo afortunada que había sido en recibir la presencia de Amílcar, ya que desde que me había invitado a bailar, todo lo incierto de esa noche se resolvió.
A la mañana siguiente me fui del hostal caminando por la calle principal hacia la parada del bus que me llevaría hacia Rioverde. Había gente sentada en las galerías, disfrutando de la mañana de domingo.
Llegue a la casa de la familia a media mañana. Ese día estaban lxs abuelxs invitadxs a almorzar, el menú era H humitas caseras preparadas por la abuela, típica comida ecuatoriana. Luego de almorzar me quede charlando con el abuelo, quien me contó interesantes leyendas populares de la zona, llenas de seres mitológicos y espíritus del agua.
Pasé con lxs Velázquez-Cortéz una semana compartiendo su vida cotidiana, participé del trabajo en las dos fundaciones de las que forman parte. Compartí las deliciosas comidas costeñas, probé frutos de mar nuevos para mí y volví a sumergirme en el Pacífico…

Y sobre todo, pase tiempo con la bella Nadira, la hija menor de la familia, con quien nos hicimos amigas. Ella estaba de vacaciones y necesitaba estudiar y hacer tarea para estar lista al inicio de clases, así que yo todas las tardes luego de almorzar, la ayudaba a aprender a leer y escribir.
Cuando nos encontramos unos días después con Grecia, nuevamente en Quito, empecé a contarle las historias durante esos días de gira. Al contarle la historia de Rocafuerte y la aparición de Amílcar, Grecia, riéndose muy sorprendida, me dijo: ___Mi papá se llama Amílcar, es antropólogo, trabaja en una fundación de Esmeraldas y se parece a esa descripción. Te voy a mostrar una foto. ¡Creo que es mi papá!
Al mostrarme la foto, no podía creer una coincidencia tan grande, Amílcar… era el papá de mi amiga!
Enseguida Grecia lo llamó y le habló de la sorpresiva coincidencia, arreglamos juntarnos lxs tres a almorzar al día siguiente, ya que justo estaba en Quito.
En ese almuerzo en el que brindamos por las coincidencias de la vida, Amílcar y yo nos sacamos una foto juntos, que cada vez que la veo pienso en esos ángeles que nos mandan los caprichos del destino.





0 comentarios