Una crónica de encuentros inesperados, descubrimientos y una noche inolvidable en la antesala de las yungas bolivianas.

“Destinados a encontrarse, condenados a separarse”. Así decía un texto escrito sobre la pared de la galería de hostel “Montañita”, único hostel de Tocaña, la comunidad afroboliviana que era uno de los objetivos de nuestro viaje a Bolivia.
Era el mes de enero, estábamos viajando con Sele, mi hermana menor, y ese era su primer viaje mochilero, que yo, con orgullo, tuve el honor de compartir.
Esa frase en la pared del hostel, escrita improvisadamente con pintura por algunx viajerx que habia pasado antes que nosotras, cobró pleno sentido esa siesta, luego de almorzar, en aquella galería.
Antes de llegar a la comunidad de Tocaña, habíamos pasado alguno días en Coroico, una pequeña y selvática ciudad precolombina situada a unos cien kilómetros de la ciudad de La Paz, en la transición entre el Altiplano y el Amazonas: la exuberante yunga boliviana.
La tarde que llegamos a Coroico desde La Paz, luego de deambular un poco, nos ubicamos en un hostel del centro con el mejor precio que encontramos, y nos dieron una habitación para nosotras solas, lo cual nos alegró porque queríamos privacidad.
Terminó ese día y empezó el siguiente…entre recorridas por las vistosas calles de la pequeña ciudad, mi sorpresa de ver a las mujeres afrobolivianas, con sus rasgos afros, pero sus vestidos andinos, y mis intentos de tomar fotos de retratos para captar aquellos rostros.

Cuando llegamos esa tarde al hostel, grande fue nuestra sorpresa al ver que teníamos compañía en la habitación. Sobre las demás camas había pertenencias de otrxs viajerxs, lo cual en un principio no nos agradó demasiado, ya que la habitación era pequeña y ya no estaríamos tan cómodas.
Nunca nos hubiéramos imaginado todo lo que nos iban a deparar esas humanas apariciones en nuestro viaje.
Al rato llegaron lxs propietarixs de las mochilas, se trataba de tres jóvenes chilenxs que rondaban los veinte años. Al principio nos saludamos con cortesía pero no interactuamos demasiado, el aire estaba denso, nadie hablaba…con el paso de los minutos empezamos a hacernos las típicas preguntas de desconocidxs, finalmente acordamos ir al dia siguiente temprano todxs juntxs caminando hacia una cascada.
Esa jornada de caminata, además de ayudarnos a enamorarnos aún más de las yungas bolivianas, nos sirvió para conocernos mejor. Se llamaban Matias, Emilia y Carolina, eran compañerxs de facultad en Santiago, lxs tres estudiaban Antropología, lo cual me fascinó. Militaban en diferentes espacios, y, en fin, teniamos mucho mas en común que lo que supusimos. Al regresar esa tarde al hostel todo había cambiado, ya eramos amigxs viajerxs.
Esa noche era sábado, y queríamos algo de fiesta. Nos advirtieron que en Coroico no había mucha opciones para el fin de semana, así que decidimos ir al centro de la plaza principal a ver qué pasaba, a ver si se armaba algo.

Esa noche había mucha niebla, las calles del centro de la pequeña ciudad, y en especial la plaza donde estábamos empezó a cubrirse de unas nubes densas, que limitaban la visibilidad. Llegó un momento en que no se podía ver claramente mas allá de los diez metros, lo cual le otorgó a la noche un toque místico y misterioso. Sumado a esto, una jauría de perros empezó a acercarse al centro de la plaza y a ladrar ruidosamente, al lado de nosotrxs, sin que podamos hacer nada.
De repente, el sonido de los ladridos fue interrumpido por alegres risas de varias mujeres, y de entre las nubes surgió un grupo de unas seis mujeres de mediana edad, abrazadas y cantando a los gritos “Zamba de mi esperanza”, claramente borrachas y portando botellas.
No pudimos contener la risa y pasaron a ser el centro de nuestra atención. Llegaron hasta la esquina, luego volvieron, sin dejar de reírse ni de cantar jolgoriosamente, nuestras risas eran inevitables. Las mujeres iban y venían cruzando la plaza, decidiendo vaya a saber qué cosa. Se paraban, debatían, se reían, cantaban, volvían a moverse de lugar, siempre abrazadas para sostenerse. Llegó un momento en que se acercaron a nosotrxs, nos pusimos a charlar y nos contaron que estaban de juntada, que eran amigas de toda la vida. Se conocían desde niñas, y ahora podían empezar a salir porque casi todas ya estaban separadas y con lxs hijxs grandes, estaban felices de poder vivir una juventud tardía, que les había sido arrebatada por la maternidad.
Una de ellas portaba una botella de wisky y era la que dispensaba la bebida en pequeños vasitos, sosteniendo e incrementando la embriaguez del grupo. Nos contaban sobre sus vidas, se reían unas de otras, era muy divertido escucharlas.
Otra de ellas estaba especialmente sacada, muy borracha, cantando muy fuerte y bailando exageradamente…una de las mujeres que estaba un poco mas sobria que el resto nos explicó que su enloquecida amiga había sido madre muy joven y que nunca había salido, nunca se había emborrachado ni disfrutado con amigas en la juventud, por eso estaba así desbordada destapando tantos años de represión, al fin liberada.
Bailamos, cantamos, tomamos con ellas, cada vez se nos unía mas gente.

Hasta que una aparición repentina hizo que todo cambiara: del otro lado de la plaza apareció un señor mayor, caminando hacia nosotrxs. Las mujeres enseguida se callaron y empezaron a decir “ahi viene, ahi viene, guarden la botella, callense” y expresiones por el estilo. Inicialmente pensamos que tal vez se trataba del marido de alguna de ellas, pero empezaron a decir “ahí está el papá de la Jenny”. Desde el otro lado de la plaza el señor llamó a Jenny, la mujer mas sacada del grupo, y ella, cabisbaja y obediente, fue caminando hacia su padre. En ausencia de ella, mientras su progenitor aparentemente la retaba, o aconsejaba, las amigas nos contaron que el papá de Jenny era muy estricto, todas le tenían mucho respeto y un poco de miedo, y al él no le caía bien que su hija ande borracha por las calles del pueblo, por más que fuera una mujer adulta de más de cincuenta años. Finalmente pudimos ver que Jenny cabisbaja se fue caminando de esa plaza al lado de su papá hacia el lado opuesto a nosotrxs. Cuando se fueron, siguió el jolgorio, las risas y el trago…en eso estábamos, cuando vimos aparecer a Jenny bailando y moviendo sus manos graciosamente haciendo gestos como de “qué me importa”, las carcajadas fueron generales, y los gritos de “viva la Jenny” y aplausos se replicaron por minutos, mientras Jenny festejaba su triunfo de haberse escapado de la vigilancia paterna moviéndose al ritmo de nuestros cánticos.
De a poco el grupo se fue disolviendo, las mujeres, ya demasiado borrachas, se fueron yendo a sus casas.
En esa noche tan bizarra, las escenas ridÍculas, impensadas, regadas por el alcohol siguieron sucediéndose. Como esa chica embriagada que nos contaba que su novio la había dejado en la calle debido a una discusión, que no era del pueblo y necesitaba ayuda porque ni siquiera tenía dinero. Nosotras nos preocupamos, escuchamos su historia y estábamos viendo maneras de ayudarla, cuando apareció el novio, aparentemente sobrio y contento, diciéndole “Hola amor”, y ni rastros se veían de que haya habido algún problema entre ellxs, el solo quería llevarla a dormir porque realmente estaba muy borracha. O la escena de ese chico que pasó a metros de nosotras, siendo arrastrado por su madre, completamente borracho y sin poder sostenerse.

.Al día siguiente vivimos nuestro último dia en Coroico, queríamos seguir viaje hacia Tocaña, la comunidad afroboliviana que yo tanto ansiaba visitar, donde nació la saya boliviana, reconocido ritmo folclórico, que representa la parodia de los cultivos de coca donde trabajaban lxs afrobolivianxs esclavizadxs. Nos alojaríamos en el único hostel de la comunidad, que pertenecía a “El Pulga”, un interesante antropólogo que había conocido años atrás un amigo mío, y que me recomendó conocer. Yo les decía a lxs chicxs que posiblemente sería interesante para ellxs visitar Tocaña, ya que estudiaban antropología, y podrían charlar con El Pulga, conocer la comunidad autogestionada y demás, pero ellx estaban un poco apuradxs con su fecha de regreso a su país, así que, si bien se interesaron, nos dijeron que no podían. Nos despedimos de nuestrxs amigxs chilenos con abrazos, fotos, con la promesa de vernos de nuevo algun dia.
Grande fue nuestra sorpresa y alegría cuando, al subirnos a la traffic que nos llevaría hasta Tocaña, llegaron lxs chilenxs corriendo diciendo que querían sumarse! Así que, tras una hora de viaje, atravezando caminos sinuosos rodeados de yunga y cultivos de coca, llegamos lxs cinco a la comunidad afroboliviana que ansiábamos conocer.
“Montañita” se trataba de un hostel sencillo, muy económico, de madera, con las habitaciones separadas de la cocina, estaba en medio de la selva, lleno de dibujos en las paredes, calcomanias, grafittis y fragmentos de textos, dejados por lxs innumerables viajerxs que habían pasado por allí. Incluso había una abundante biblioteca que nos mostró El Pulga, con interesantes libros a nuestra disposición.
Esa primer noche al bajar el sol empezó a llegar gente de la comunidad, ya que el hostel, además, era el único espacio que había de reunión al estilo bar, y también se vendían bebidas. Así fue que entre lxs viajerxs que allí nos hospedábamos, de diferentes nacionalidades, mas la gente del pueblo que había llegado, se armó una linda festichola con guitarras, tambores y mucha música.

Nuestros días en la apacible comunidad de Tocaña transcurrían en contacto con sus habitantes, a quienes cruzábamos diariamente mientras realizaban sus actividades agrícolas. Durante el día salíamos con Sele y a veces también con lxs chilenxs a recorrer y perdernos por esos caminitos entre las montañas, las casas y las plantaciones de coca, principal actividad de la comunidad. Pudimos visitar secaderos de coca bastante antiguos que se conservaban y se usaban todavía, y en general disfrutar de la tranquila vida que transcurría en la Yunga.
En la comunidad de Tocaña vivìan ciento cincuenta personas, la mayoría eran familias afrobolivianas, y algunas familias aymaras. Los únicos dos almacenes del pueblo eran de familias aymaras, particularidad que tiene esa cultura ancestral de dedicarse, desde épocas remotas, al comercio.
Es apasionante como esta organizada la vida comunal en Tocaña. Estas familias que conviven allí, descendientes de los esclavos traídos por los españoles de Las Antillas, procedentes de El Congo y Angola, tienen un autogobierno, las decisiones que afectan a todo el pueblo se toman en asambleas y por consenso. Un hecho muy peculiar es que la comunidad tiene un Rey reconocido simbólicamente por el estado de Bolivia. Su nombre es Julio Pinedo y es descendiente del último rey esclavo durante la Colonia, Bonifacio Pinedo.
No pudimos profundizar sobre esta organización comunal como me hubiera gustado, pero si pudimos conversar con algunos habitantes sobre cómo se distribuía la tierra equitativamente entre las familias, cómo se comercializaba la coca de manera comunitaria, e incluso pudimos ver desde afuera un gran salón comunitario techado donde se realizaban varias actividades de diferente índole, deportes, espectáculos, fiestas, reuniones.

La noche siguiente se repitió una escena similar a la anterior en el hostel. Y al tercer dia de haber llegado, de repente, nos tocó estar a nosotrxs cinco solxs, ya que el resto de lxs hospedadxs se fueron y El Pulga había tenido que viajar a La Paz, por lo que nos dejó encargadxs del hospedaje.
Estábamos preparando el almuerzo, con ganas de escuchar alguna música, allí donde solo se oía el canto de los pájaros, entonces puse un cd que encontré de Violeta Parra, ya que la mayor parte del grupo era chilena.
Mientras almorzábamos y escuchábamos a Violeta, les saque el tema a lxs chixs de la dictadura en Chile, preguntándoles cómo se hablaba de eso allá, qué opinaban sus familias.
Empezaron a contarnos cómo se trataba el tema, Carolina nos decía que su familia era de origen rural, desconocían muchas cuestiones puntuales sobre la dictadura, y en general la apoyaban. Emilia y Matias, en cambio, nos relataban que en sus familias si había un claro repudio hacia ese periodo de la historia chilena, incluso la mamá de Matias era periodista y estaba bastante posicionada al respecto.
Cuando Emilia nos hablaba de su familia en relación a la dictadura, nos contó que entre sus antepasados había un hermano de su abuela que había sido funcionario de Salvador Allende y que era socialista, que había tenido que exiliarse durante la dictadura. Matias con sorpresa nos dijo “Qué casualidad, yo tambien tengo un tío abuelo que fue asesor jurídico de Salvador Allende”, la historia era muy parecida. _ ¿Cómo se llamaba tu pariente? German Eduardo Novoa _ Mi pariente se llamaba igual!
Matias y Emilia eran familiares, nunca lo habían sabido. Los unía un antepasado que había trabajado por un Chile más justo e igualitario, y a ellxs, el destino los había llevado a elegir la misma carrera, se habían elegido como amigxs, como compañerxs de militancia y ahora de viaje.
Chicxs son familia, abrácense! Les dije en medio del momento en que pareció congelarse el tiempo, se abrazaron en medio de risas y lágrimas de emoción, y desde ese entonces se decían “primo”, y “prima”. “Su antepasado estaría orgulloso de ustedes”, les dije entre lágrimas, ya que a mi también me había emocionado su historia.
“Destinadxs a encontrarse, condenadxs a separarse”.
Me pareció hermoso e indescriptible ese momento, en el que, a través de una pregunta, y de la reflexión sobre la propia historia, surgió ese antepasado con sus hilos de genes y política, ya que además, no se trataba de un antepasado anónimo.
Este notable jurista chileno había ocupado un lugar destacado en la historia de Chile. Había sido profesor universitario; participó del proceso jurídico para repatriar a un alemán criminal de guerra nazi escondido en Chile; fue uno de los más importantes gestores y redactor del texto constitucional de la
nacionalización del cobre; participó de la redacción y rescató lo que iba a ser una Constitución Socialista para Chile, que habría de sancionarse en 1973, antes del golpe militar, entre otras notables participaciones, siempre del mismo lado de la Historia.
Nos despedimos por segunda vez entre fuertes abrazos, risas, y la típica y sentida expresión de deseo de volvernos a ver, ellxs seguían viaje hacia La Paz.
Unos días después, en La Paz, en el mismo hostel donde nos habíamos hospedado anteriormente, pasaron nuestrxs amigxs sorpresivamente a visitarnos y mostrarnos sus nuevos tatuajes…luego de reírnos un rato nos despedimos por tercera vez, esta vez sin saber si volveríamos a vernos algun dia. Así es…los viajes, los encuentros, las personas, las historias…”destinadxs a encontrarse, condenadxs a separarse…”





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