En la costa pacífica colombiana, región poblada por afrodescendientes, aún persisten tradiciones ancestrales, como las encantadoras mujeres cantadoras de los velorios.

Al escuchar a Inés cantar, pude entrar en un verdadero trance que me conmovió en lo más profundo, casi hasta llorar.
Inés era la cantadora más famosa y talentosa de la costa chocoana, tenía una sonrisa hermosa, inolvidable.
Estaba en el Chocó, el último departamento hacia el noroeste de Colombia, frontera con Panamá, “la esquina más bonita de Sudamérica”, me dijo una vez un policía chocoano.

Cuando pienso en El Valle, se me vienen muchos recuerdos, muchas sensaciones. Humedad, constante, calor, el perpetuo sonido del mar. El sabor a piña, el jugo de piña escurriéndose entre mis dedos, la arena tibia bajo mis pies, las bandadas de pelícanos volando cerca de la tierra, las pequeñas lagartijas que andaban como moscas por todas las paredes, por todas las piedras. Las mujeres que llevan pesadas cargas en equilibrio sobre su cabeza, los hombres cargando rebosantes carretillas. Las palmeras, los cocoteros, el vallenato a todo volumen.

La playa, los pescadores, el olor del pescado, las canoas. Esas casitas que estaban a la orilla del río, de madera, con largos puentes para pasar cuando subía la marea, y su canoa en la puerta. Recuerdo a la gente jugando a las cartas o al dominó, todas las tardes, sentada en mesitas afuera de sus casas, acompañando su juego con unos tragos. Muchos, muchísimos niños y niñas jugando. Recuerdo los charcos, la lluvia torrencial que caía todos los días, mis pies siempre mojados.

Recuerdo la tormenta más espectacular que vi en toda mi vida, con su concierto de truenos, rayos, viento y lluvia a baldazos.
Recuerdo a los afrocolombianos, recuerdo su piel negra, sus voces graves, sus cuerpos fuertes, su indisimulada curiosidad.
Recuerdo a las mujeres afuera de sus casas, peinando sus voluminosos cabellos rebeldes con trenzas maravillosas e infinita paciencia.

Recuerdo la pobreza más grande que vi en mi vida. Recuerdo también a la tierra más rica y hermosa que vi en mi vida. Los cocos que ofrecen el agua más pura del mundo y las puertas de las casas que se abren con enorme sinceridad.
Fue varios días antes, gracias a una gran herida en mi pierna que pude conocer a Inés. Ya me habían hablado de ella, una de las pocas cantadoras que quedaban en la región El Chocó, al noroeste de Colombia, y la única que había en ese pueblo, El Valle.

Su hijo, Guillermo, me había dicho que Inés podía aplicarme un remedio que ayudaría a que mi herida cicatrizara más rápido: la grasa de iguana.
En esa oportunidad fuimos a su casa, y me la presentó. Conversamos sobre los remedios naturales del Chocó. Primero me limpió la herida con un poco del alcohol en el que estaba conservada la grasa; luego me colocó un pedacito de grasa de iguana sobre la herida y la dejó unos minutos antes de retirar.
Aproveché la ocasión para preguntarle sobre las cantadoras, y pedirle una entrevista.

Las cantadoras son mujeres que entonan cantos a los muertos en los velorios. Se trata de una tradición muy antigua, que sincretiza aspectos de la religión católica con ritos africanos. Las letras y las melodías son españolas, canciones medievales que trajeron los conquistadores y que los afroamericanos adoptaron como parte de la profunda espiritualidad relacionada con la música que caracteriza a las culturas africanas.

Habíamos arreglado un horario para esa tarde y allí llegué con mi grabador. Nos sentamos y sin muchos preámbulos Inés cerró sus ojos y empezó a entonar la primera canción. Fue un momento mágico. Se escuchaba de fondo el sonido del mar y su canto estaba cargado de la energía de los siglos.
Después me contó historias de su vida como cantadora, de cómo empezó cuando era niña, de lo difícil que era para otras cantadoras seguirla, porque era la que tenía la voz más aguda, el volumen más alto y la mejor potencia de toda la costa chocoana. La buscaban desde otros pueblos para entonar sus cantos.

Supe también con tristeza que ella nunca le había enseñado a nadie sus canciones, que se las sabía de memoria y no tenía a nadie interesado en aprenderlas.
Compartió conmigo una canción para cuando muere un niño. Fue lo más hermoso y triste que escuché. Los cantos son repetitivos, circulares, mántricos. Por eso llegó un momento en que sentí el trance. Es algo difícil de explicar, pero muy bello de sentir.
La voz de Inés era poderosa, entonada y grave, como suelen ser las voces de las negras.
Me explicó sobre las brujerías de las que se tienen que cuidar las cantadoras para no perder su voz. Por eso nunca dejan que alguien se les pare detrás cuando cantan.
Me fui de la casa de Inés bajo la lluvia, agradecida hasta el infinito por este regalo tan bello y tan especial.
Inés no cantaba desde la muerte de su hijo, hacía dos años, y ese día había decidido cantar para mí.
A continuación, la entrevista completa, subtitulada en español.




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